sábado, 23 de enero de 2016

Sólo imagina lo precioso que puede ser arriesgarse y que todo salga bien...

Una sonrisa. Una mirada. No sé, un leve suspiro que me gritara que estás de vuelta. Y lo hiciste. Casi sin pensar, sin preparar, quizá, casi sin quererlo. Me conozco menos de lo que pensaba. Me pongo más barreras de las que creía. Eso ya, no importa... Estás aquí. Aquí. Aquí. Aquí no es ningún lugar pero es siempre a mi lado, y eso ya es bastante más de lo que nunca llegué a aspirar. Quédate. Sólo quédate y no hagas que vuelva a pedírtelo, porque lo haría, lo haría siempre. Qué poco me dices pero cuánto me cuentas al mismo tiempo... Antes de ti nunca entendí ni imaginé lo que sería sentarse al lado de una persona y que el simple hecho de estar, de ser, lo fuera todo. Fuera tranquilidad y un huracán que envolviese los dos cuerpos, el miedo a perderse y la confianza que asegura que no se irá, la complicidad de un abrazo y el momento de despedirse, para echarse de menos... Me enseñas a simplificar lo más complicado, como una ecuación, como un problema en el que siempre opto por el camino más largo y difícil, y tú despejas la incógnita en tan solo dos pasos. ¿Difícil? Difícil ya no existe, difícil sólo hasta que llegas tú. Hasta que llegas, coges, y me desarmas, me proteges y me calmas. De la manera más bonita en la que me han calmado nunca, convirtiéndote en mi calma, después de la mayor tormenta... Mi refugio, mi hogar, mi chaleco antibalas, llámalo como quieras. O llámalo felicidad. No es tan complicado...