Jueves, 12 de diciembre de 2013
Aún no es invierno, pero a estas alturas de diciembre ya me encuentro combatiendo el frío con mi chocolate caliente en el sofá. Lo que significa que esto se está acabando, y que aunque sólo sean unas fechas las que lo decidan, hay algo que está a punto de empezar, y de terminarse. No me gusta que todos los días el cielo esté nublado, o que se haga de noche a las seis de la tarde, pero he de admitir que estas fechas me gustan, y no solo por las luces que adornan toda la ciudad y el ambiente navideño que ya se respira cada vez que salimos a la calle, me gustan porque es la época en la que nos replanteamos todo lo que hemos hecho durante el año, y nos decimos a nosotros mismos "el año que viene sí", o recordamos la manera en la que empezamos en Enero, hace 12 meses, llenos de propuestas o de cosas que cumplir, con una mínima esperanza de que este año fuera así. Lo que pasa es que así como si nada, llega Diciembre, y volvemos empezar con lo mismo. Pero nunca llegamos a diciembre como empezamos en enero, nunca. Y parece mentira, pero en un mismo año cambian miles de cosas en nuestras vidas, sin haberlo planeado.
Jamás hubiese imaginado todo esto. Llegar a diciembre después de haber pasado tantas cosas... Nunca me ha gustado el número trece, y por eso mismo quería que este año pasase rápido. Y es verdad, tenía razón, ha sido un año horrible. Tengo que decir que no empezó del todo mal, pero en los primeros meses las cosas no hicieron más que empeorar. Cada vez que creía salir del agujero en el que, sin querer, me había metido, volvía a hundirme. Era como un círculo vicioso... que nunca acababa. No sé si fueron muchos meses, creo que sí, pero no puedo asegurároslo porque para mí en aquellos tiempos las manecillas del reloj era como si no se moviesen, todo se me hizo eterno. Fueron unos meses sin ver si quiera un reflejo algo más claro en alguna parte del túnel... ni siquiera un mínimo destello. Lo que empezó con mal de amores llegó a ser un desprecio incontrolable a mí misma. Me ahogaba. Con los recuerdos, con la soledad cuando en realidad me encontraba en una sala con veinte personas, me ahogaba con cada palabra hiriente que me decían y con cada mirada de desprecio con la que me miraba quien un día me quiso. Con el espejo, con cada mínima cosa. Conmigo. En aquellos meses me convertí en alguien completamente diferente; yo, que nunca había sido de lágrima fácil, lloraba por lo menos dos veces al día. Me convertí en una persona fría, sin ganas de nada, cuando yo siempre había sido una chica sonriente y con ganas de comerse el mundo cada mañana. Quería desaparecer, y lo más parecido que hacía era dormir siempre que podía; así, no pensaba, era como no estar. Me encerré en mí misma, y no dejaba que nadie invadiera ese espacio. En realidad, agradecía que hubiese gente que me hablara todas las noches intentando alegrarme, pero yo nunca les dí motivos para quedarse y claro, todos terminaron yéndose. Aquellos largos meses se me hicieron muy difíciles, se me juntó todo en el peor momento, pero como veis, sigo aquí. Con todo aquello aprendí mucho, qué digo, muchísimo. Y una de las cosas más importantes, fue que vi realmente quienes estaban dispuestos a darlo todo por verme salir del agujero. Llegó el verano, y me deshice de todo el lastre, cambié mi manera de pensar. Empecé a quererme un poco más, a no preocuparme tanto. Y, aunque no todo me fuese bien a partir de ahí, me empezó a ir mucho mejor. Este último verano ha sido muy bueno, porque ha traído consigo personas muy grandes, momentos inolvidables y sobre todo, porque ha hecho que lo malo que había pasado antes, se me olvidara casi del todo. Después de eso empezó el nuevo curso y bueno, aquí estamos, combatiendo este frío, de alguna manera, con bufandas, abrigos y calcetines gordos.
He de decir, que aunque este 2013 no haya sido bueno, me ha enseñado muchísimo, y quién sabe, quizá lo necesitaba para en los años siguientes, estar más preparada. Siempre voy a recordar que cada uno decide por qué cosas vale la pena pasarlo mal, que uno mismo decide cuándo se terminan las malas rachas y las lágrimas, que si no se quiere cada uno a sí mismo, no les va a querer nadie, que tú decides si vas a perder el tiempo esperando que se te acerquen, o vas a echarle un par y vas a acercarte tú, que si no luchas, nadie lo hará por ti, y sobre todo, que solo tú mismo puedes hacer que todo cambie, dándole la vuelta a las cosas.
Recuerda, una se hace fuerte a base de heridas y putadas.
Espero que nunca seas como ese papel olvidado que encuentras al fondo de un baúl, arrugado y medio roto, con palabras que en su momento significaron algo importante.
domingo, 29 de diciembre de 2013
No en todos los inviernos se pasa frío.
El caso es que me enamoré como una loca de un chico con el que, al final, pasé un invierno de lo menos frío. Nunca había destacado en nada sobre los demás, tan solo era alguien con quien hablaba muy de vez en cuando y saludaba por la calle con una sonrisa y un "adiós".
Y fue así, sin darnos cuenta, muy poco a poco. De eso que le empiezas contando que estás rayada, y terminas parándote a hablar con él cada vez que lo ves en vez de pasar de largo. Nos hicimos muy buenos amigos, se convirtió en mi día a día. Su ventana estaba abierta en mi chat todas las noches, y nuestras conversaciones no eran para nada aburridas. Pudimos hablar desde lo más básico, hasta lo inimaginable. Siempre que empezaba a oscurecer, teníamos mil cosas que contarnos y de las que hablar.
Cada vez que nos encontrábamos, empezábamos hablando de cualquier tontería y terminábamos perdiéndonos por las calles, sin darnos cuenta. Sonreíamos como idiotas. Los dos. Nos mirábamos de una manera que es difícil olvidar. Pasamos tantos días hasta las tantas, tantas idioteces que nos convirtieron en lo que somos ahora... no me arrepiento en absoluto de ninguna palabra que le dije, de ningún gesto que le hice, y tampoco de ninguno de los abrazos que le di en aquellos tiempos, porque gracias a lo que entonces pensé que había sido un error, me encontré semanas más tarde en el sofá de su casa sin hacer caso a la peli que estaban echando en la tele, mientras él, me hacía la chica más feliz del mundo con el simple hecho de mirarme con esos ojos.
Y fue así, sin darnos cuenta, muy poco a poco. De eso que le empiezas contando que estás rayada, y terminas parándote a hablar con él cada vez que lo ves en vez de pasar de largo. Nos hicimos muy buenos amigos, se convirtió en mi día a día. Su ventana estaba abierta en mi chat todas las noches, y nuestras conversaciones no eran para nada aburridas. Pudimos hablar desde lo más básico, hasta lo inimaginable. Siempre que empezaba a oscurecer, teníamos mil cosas que contarnos y de las que hablar.
Cada vez que nos encontrábamos, empezábamos hablando de cualquier tontería y terminábamos perdiéndonos por las calles, sin darnos cuenta. Sonreíamos como idiotas. Los dos. Nos mirábamos de una manera que es difícil olvidar. Pasamos tantos días hasta las tantas, tantas idioteces que nos convirtieron en lo que somos ahora... no me arrepiento en absoluto de ninguna palabra que le dije, de ningún gesto que le hice, y tampoco de ninguno de los abrazos que le di en aquellos tiempos, porque gracias a lo que entonces pensé que había sido un error, me encontré semanas más tarde en el sofá de su casa sin hacer caso a la peli que estaban echando en la tele, mientras él, me hacía la chica más feliz del mundo con el simple hecho de mirarme con esos ojos.
domingo, 1 de diciembre de 2013
"Pequeños detalles hacen grandes rasgos."
Hace unos días, llegué a casa tras pasar una tarde fría de sábado. No había sido una tarde muy buena, la verdad, había sido una de esas tardes en las que no haces nada y terminas por pensar en todo y de todo. Llegué a casa con ganas de encerrarme en mi habitación, tumbarme en la cama, y poner la música lo más alta posible, pero cuando entré, vi a los tres miembros de mi familia sentados alrededor de la mesa, cenando, y sin querer, sonreí. No sé por qué lo hice, de verdad. Me puse a pensar en aquello, en lo sencillo y lo cotidiano, en la sonrisa. Parad, pensad por un momento. Andamos continuamente buscando lo diferente, las cosas nuevas. Damos importancia a mierdas que no la tienen, y pasan los días sin que nos demos cuenta de la vital importancia que tienen los pequeños detalles. Tan pequeños como el llegar a casa y verlos a los tres sentados en la mesa, esperándote, o como los abrazos de tu mejor amiga cada vez que te ve. No sé, son pequeñas cosas que marcan grandes diferencias. Cosas que vivimos y tenemos a diario pero de las que no nos damos cuenta, hasta que nos faltan. Quizá tengamos más de lo que creemos. Sea así o no, me di cuenta de que hay cosas fundamentales, y que tengo la suerte de poder disfrutarlas cada día, mientras me quejo de cosas sin sentido alguno. Me di cuenta de que los pequeños detalles son los que hacen que siga aquí de pie cada día. Porque, ¿si me faltan qué me queda?
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