El caso es que me enamoré como una loca de un chico con el que, al final, pasé un invierno de lo menos frío. Nunca había destacado en nada sobre los demás, tan solo era alguien con quien hablaba muy de vez en cuando y saludaba por la calle con una sonrisa y un "adiós".
Y fue así, sin darnos cuenta, muy poco a poco. De eso que le empiezas contando que estás rayada, y terminas parándote a hablar con él cada vez que lo ves en vez de pasar de largo. Nos hicimos muy buenos amigos, se convirtió en mi día a día. Su ventana estaba abierta en mi chat todas las noches, y nuestras conversaciones no eran para nada aburridas. Pudimos hablar desde lo más básico, hasta lo inimaginable. Siempre que empezaba a oscurecer, teníamos mil cosas que contarnos y de las que hablar.
Cada vez que nos encontrábamos, empezábamos hablando de cualquier tontería y terminábamos perdiéndonos por las calles, sin darnos cuenta. Sonreíamos como idiotas. Los dos. Nos mirábamos de una manera que es difícil olvidar. Pasamos tantos días hasta las tantas, tantas idioteces que nos convirtieron en lo que somos ahora... no me arrepiento en absoluto de ninguna palabra que le dije, de ningún gesto que le hice, y tampoco de ninguno de los abrazos que le di en aquellos tiempos, porque gracias a lo que entonces pensé que había sido un error, me encontré semanas más tarde en el sofá de su casa sin hacer caso a la peli que estaban echando en la tele, mientras él, me hacía la chica más feliz del mundo con el simple hecho de mirarme con esos ojos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario