domingo, 22 de junio de 2014

Catorce primaveras

Empezaré diciendo que me llamo Nahia, tengo catorce años y me dan miedo las arañas. No tengo mucho misterio. Llevo la vida que cualquier chica de catorce años puede llevar. Voy al cole, salgo con mis amigas y quiero cambiar el mundo, puede que incluso me vea con fuerzas para hacerlo. La verdad, vivo bien. Tengo unos padres que ya les gustaría a muchos, unas amigas que no cambiaría por nada y un hermano un poco idiota. No tengo perros, ni gatos, ni tortugas. No me quejo.
A mis catorce años, he viajado a varios sitios, entre ellos Tenerife o Londres, pero sin duda alguna, me quedo con París. Quizá sea porque el verano en que me fui allí viví muchas cosas, no lo sé. Puede ser que lo recuerde tan bonito y tan mágico porque aquel año también lo fue. Pero París es especial. También he viajado a lugares inimaginables dando apenas un par de pasos, gracias a los libros que ocupan las dos estanterías de encima de mi cama. Es la mejor manera de escapar de la realidad, para mí, al menos. He vivido mil historias y he sentido millones de cosas, aunque muchos no vayan a creer lo que digo. Empiezo a leer y de pronto me encuentro en un sitio completamente diferente, metida hasta el cuello en una historia que termino considerando incluso mía y no sabéis lo bonito que es eso... Me pasa parecido cuando cojo una hoja en blanco y me pongo a escribir. Que me voy lejos, muy muy lejos, me escapo de la realidad. La verdad, no sé cuando descubrí todo esto. Cuando era pequeña solían decirme que me expresaba muy bien, pero nunca supe a qué se referían hasta que probé a escribir por y para mí. Es algo que me encanta y espero no dejar de hacer nunca, pero siendo sincera, no creo que pueda tener futuro en ello. Yo sólo escribo y me vacío, y como en todo lo demás, creo que lo que hago no es algo que se pueda destacar, siempre habrá alguien que lo haga mejor, como en todo. Pero no me importa, no me gusta compararme con nadie porque creo que a pesar de que para los ojos de quien no nos conoce todos seamos iguales, cada uno es un mundo diferente al anterior... y hablando de mundos, me encantaría recorrer el mundo en el que vivo. No quiero quedarme aquí simplemente porque es lo más cómodo. Y seguramente os esté hablando una joven soñadora con ganas de comerse el mundo en vez de recorrérselo, porque es verdad, siempre he estado un poco en las nubes y he querido cambiarlo todo, pero se me hace inevitable si me pongo a pensar que esta es la única vida que voy a poder disfrutar, así que cuando tenga los suficientes recursos como para hacerlo, quiero cargarme una mochila a la espalda, el novio que tendré a mi lado, y ya veremos después qué. ¿No sentís curiosidad? Por aprender, por conocer. A mí, personalmente, creo que nunca me faltarán ganas para seguir aprendiendo y descubriendo cosas nuevas, porque no, no quiero verme en un futuro tan apática que mi vida se base en pasar los días sin preocuparme ni importarme nada. Quiero, a los ochenta y tres, seguir sintiendo; sintiendo dolor, placer y amor. Quiero seguir conociendo y queriendo conocer. Queriendo, a secas. Porque me pueden gustar las puestas de sol, los algodones de azúcar, cantar en la ducha o el helado de vainilla. Pero querer es lo más bonito del mundo. Y ser querido, y dejarse querer. Y os lo dice una que no sólo tiene miedo a las arañas. A todos nos han roto el corazón alguna vez, y fue a raíz de eso que en su día tuve miedo incluso a enamorarme. Puede que penséis que con catorce años no ha dado tiempo a vivir tanto, tan intensamente, pero os equivocáis. A mis catorce años he sentido mucho, muchísimo. En poco tiempo descubrí a qué se referían cuando hablaban de aquellas extrañas mariposas en el estómago, supe lo que es que se te pongan los pelos de punta por un mínimo roce de mejilla, entendí que se podía querer más allá de lo que conocía hasta entonces. Siempre he sido de sonreír mucho, pero fue la primera vez que alguien convirtió en inevitable dejar de hacerlo y bueno, supongo que cuando todo eso se acabó, me entraron miedos por todas partes. Y el de enamorarme de nuevo fue uno de ellos, pero gracias a eso comprendí que no, que ningún error importa tanto como para privarnos del lujo de volver a amar y ser amados. Puede sonar cursi, yo qué sé, pero es que creo en el amor, en las personas. En que podemos hacer que las cosas salgan bien, aunque a veces quiera mandarlo todo un poco a la mierda. Es que pienso mucho, quizá demasiado. Todo lo que hacemos tiene sus consecuencias, y es por eso que le doy vueltas a todo. Se me hace imposible no preocuparme por algún tema que sé que puede perjudicarme, que puede afectarme. Por muy pequeñas que sean las cosas para mí no son insignificantes, pienso que hay detalles que hacen grandes rasgos y que a veces lo más simple es lo más bonito. Así que disfruto de las pequeñas cosas, porque me encantan. Porque una sonrisa puede cambiar la situación o tu estado de ánimo, y es tan solo moviendo un par de músculos. Es tan sencillo sonreír y me gustan tanto las sonrisas... Por eso sonrío casi todo el tiempo, no sé, adorna un poco la expresión de la cara. Hace que mis ojos, que no sé si son verdes, o marrones, o un poco de todo, tengan un brillo especial, y hace que yo en general parezca más agradable.
Mi mejor amiga. Creo que es necesario mencionarla, porque es parte de mí. Siempre lo digo, somos polos opuestos. Para empezar, ella tiene una melena de un rubio dorado precioso. Yo, en cambio, tengo el pelo rizado, castaño oscuro. Y no solo en eso, somos como el día y la noche, pero por eso, precisamente por eso nos queremos tanto y nos complementamos tan bien. Y es que ella me conoce tan bien, tan tan bien, que quizá me conozca incluso mejor que yo. Porque sabe qué me pasa cuando ni siquiera yo lo sé, y sabe cuál es el momento indicado para darme un abrazo, y sabe qué palabra decir en el momento adecuado. Y sí, se supone que estoy hablando de mí, pero no, no podía hablar de mí al completo sin decir nada de ella.
A fin de cuentas no sé cómo soy. Sólo sé que estoy aquí, y mañana... mañana no lo sé. Sé que confío en tres y que me las voy a llevar allá donde vaya, que estoy bien, que, hay veces, que las cosas son más sencillas de lo que creemos, y más bonitas... Y lo fácil que parece a veces, ser feliz.


miércoles, 11 de junio de 2014

Ella no está. Ya no está.

Paso más parte del día durmiendo que despierta. Creo que voy a llegar al límite, no puedo más... Estoy sola. Rodeada de gente que dice que estará ahí siempre que lo necesite, pero que no se da cuenta de que es ahora cuando más lo necesito. Y no están. Llevo mucho tiempo siendo un cero a la izquierda, y al final te acostumbras. Al dolor, a no tener voz ni voto. Te acostumbras a callar, a estar como si no estuvieras, terminas acostumbrándote a que no cuenten contigo para nada y a que siempre seas aquella de la que nunca se acuerdan. Pero acostumbrarse a algo no significa que te guste, ni de coña, no significa que no te haga daño. Simplemente te haces a la idea de que seguirá siendo así y de que no hay otra. Te tratan como a mierda, como si no sintieras. Como si tú nunca sufrieras, como si lo aguantaras todo. Y qué, qué pasa cuando terminas por creerte la misma mierda que ellos te consideran. Qué pasa cuando ya no tienes motivos ni fuerzas para valorarte tú misma. "No quiero estar aquí, no quiero estar aquí...". Desaparecer. ¿Y sabéis lo más triste? Que no se darían cuenta. Que ahí fuera nada cambiaría aunque tu dejaras de estar. Como cuando en una película el actor secundario muere y el final sigue siendo feliz. Así me siento, como la parte prescindible de la historia, como quien da lo mismo estando que sin estar. Llevo demasiada mierda encima, demasiados desprecios, demasiadas decepciones, demasiada indiferencia... cúmulos. Cúmulos que empiezan a pasar factura, cúmulos que ya no puedo soportar más, que pesan y desgastan. Ya no recuerdo lo que era sentirse importante. Ya no sé lo que se siente al saber que alguien te necesita, al saber que eres imprescindible en alguna que otra vida...
Que alguien me abrace, por favor. Necesito un abrazo. De esos que te dicen que todo irá bien, en los que se te saltan las lágrimas pero hacen que te sientas como en casa... Necesito desesperadamente que alguien me saque de esta. Por favor.