Empezaré diciendo que me
llamo Nahia, tengo catorce años y me dan miedo las arañas. No tengo
mucho misterio. Llevo la vida que cualquier chica de catorce años
puede llevar. Voy al cole, salgo con mis amigas y quiero cambiar el
mundo, puede que incluso me vea con fuerzas para hacerlo. La verdad,
vivo bien. Tengo unos padres que ya les gustaría a muchos, unas
amigas que no cambiaría por nada y un hermano un poco idiota. No
tengo perros, ni gatos, ni tortugas. No me quejo.
A mis catorce años, he
viajado a varios sitios, entre ellos Tenerife o Londres, pero sin
duda alguna, me quedo con París. Quizá sea porque el verano en que
me fui allí viví muchas cosas, no lo sé. Puede ser que lo recuerde
tan bonito y tan mágico porque aquel año también lo fue. Pero
París es especial. También he viajado a lugares inimaginables dando
apenas un par de pasos, gracias a los libros que ocupan las dos
estanterías de encima de mi cama. Es la mejor manera de escapar de
la realidad, para mí, al menos. He vivido mil historias y he sentido
millones de cosas, aunque muchos no vayan a creer lo que digo.
Empiezo a leer y de pronto me encuentro en un sitio completamente
diferente, metida hasta el cuello en una historia que termino
considerando incluso mía y no sabéis lo bonito que es eso... Me
pasa parecido cuando cojo una hoja en blanco y me pongo a escribir.
Que me voy lejos, muy muy lejos, me escapo de la realidad. La verdad,
no sé cuando descubrí todo esto. Cuando era pequeña solían
decirme que me expresaba muy bien, pero nunca supe a qué se referían
hasta que probé a escribir por y para mí. Es algo que me encanta y
espero no dejar de hacer nunca, pero siendo sincera, no creo que
pueda tener futuro en ello. Yo sólo escribo y me vacío, y como en
todo lo demás, creo que lo que hago no es algo que se pueda
destacar, siempre habrá alguien que lo haga mejor, como en todo.
Pero no me importa, no me gusta compararme con nadie porque creo que
a pesar de que para los ojos de quien no nos conoce todos seamos
iguales, cada uno es un mundo diferente al anterior... y hablando de
mundos, me encantaría recorrer el mundo en el que vivo. No quiero
quedarme aquí simplemente porque es lo más cómodo. Y seguramente
os esté hablando una joven soñadora con ganas de comerse el mundo
en vez de recorrérselo, porque es verdad, siempre he estado un poco
en las nubes y he querido cambiarlo todo, pero se me hace inevitable
si me pongo a pensar que esta es la única vida que voy a poder
disfrutar, así que cuando tenga los suficientes recursos como para
hacerlo, quiero cargarme una mochila a la espalda, el novio que
tendré a mi lado, y ya veremos después qué. ¿No sentís
curiosidad? Por aprender, por conocer. A mí, personalmente, creo que
nunca me faltarán ganas para seguir aprendiendo y descubriendo cosas
nuevas, porque no, no quiero verme en un futuro tan apática que mi
vida se base en pasar los días sin preocuparme ni importarme nada.
Quiero, a los ochenta y tres, seguir sintiendo; sintiendo dolor,
placer y amor. Quiero seguir conociendo y queriendo conocer.
Queriendo, a secas. Porque me pueden gustar las puestas de sol, los
algodones de azúcar, cantar en la ducha o el helado de vainilla.
Pero querer es lo más bonito del mundo. Y ser querido, y dejarse
querer. Y os lo dice una que no sólo tiene miedo a las arañas. A
todos nos han roto el corazón alguna vez, y fue a raíz de eso que
en su día tuve miedo incluso a enamorarme. Puede que penséis que
con catorce años no ha dado tiempo a vivir tanto, tan intensamente,
pero os equivocáis. A mis catorce años he sentido mucho, muchísimo.
En poco tiempo descubrí a qué se referían cuando hablaban de
aquellas extrañas mariposas en el estómago, supe lo que es que se
te pongan los pelos de punta por un mínimo roce de mejilla, entendí
que se podía querer más allá de lo que conocía hasta entonces.
Siempre he sido de sonreír mucho, pero fue la primera vez que
alguien convirtió en inevitable dejar de hacerlo y bueno, supongo
que cuando todo eso se acabó, me entraron miedos por todas partes. Y
el de enamorarme de nuevo fue uno de ellos, pero gracias a eso
comprendí que no, que ningún error importa tanto como para
privarnos del lujo de volver a amar y ser amados. Puede sonar cursi,
yo qué sé, pero es que creo en el amor, en las personas. En que
podemos hacer que las cosas salgan bien, aunque a veces quiera
mandarlo todo un poco a la mierda. Es que pienso mucho, quizá
demasiado. Todo lo que hacemos tiene sus consecuencias, y es por eso
que le doy vueltas a todo. Se me hace imposible no preocuparme por
algún tema que sé que puede perjudicarme, que puede afectarme. Por
muy pequeñas que sean las cosas para mí no son insignificantes,
pienso que hay detalles que hacen grandes rasgos y que a veces lo más
simple es lo más bonito. Así que disfruto de las pequeñas cosas,
porque me encantan. Porque una sonrisa puede cambiar la situación o
tu estado de ánimo, y es tan solo moviendo un par de músculos. Es
tan sencillo sonreír y me gustan tanto las sonrisas... Por eso
sonrío casi todo el tiempo, no sé, adorna un poco la expresión de
la cara. Hace que mis ojos, que no sé si son verdes, o marrones, o
un poco de todo, tengan un brillo especial, y hace que yo en general
parezca más agradable.
Mi mejor amiga. Creo que
es necesario mencionarla, porque es parte de mí. Siempre lo digo,
somos polos opuestos. Para empezar, ella tiene una melena de un rubio
dorado precioso. Yo, en cambio, tengo el pelo rizado, castaño
oscuro. Y no solo en eso, somos como el día y la noche, pero por
eso, precisamente por eso nos queremos tanto y nos complementamos tan
bien. Y es que ella me conoce tan bien, tan tan bien, que quizá me
conozca incluso mejor que yo. Porque sabe qué me pasa cuando ni
siquiera yo lo sé, y sabe cuál es el momento indicado para darme un
abrazo, y sabe qué palabra decir en el momento adecuado. Y sí, se
supone que estoy hablando de mí, pero no, no podía hablar de mí al
completo sin decir nada de ella.
A fin de cuentas no sé
cómo soy. Sólo sé que estoy aquí, y mañana... mañana no lo sé.
Sé que confío en tres y que me las voy a llevar allá donde vaya,
que estoy bien, que, hay veces, que las cosas son más sencillas de
lo que creemos, y más bonitas... Y lo fácil que parece a veces, ser
feliz.