jueves, 25 de enero de 2018

Grietas

Ayer cuando llegué a casa serían más de las dos. Llevaba encima algo más que un par de cervezas que trataban de hacerme olvidar y asuntos supuestamente enterrados que luchaban por sobrevivir. Llegué a casa y todo me daba vueltas. Mientras perdía el equilibrio en cada esquina, parecía que todo cobraba sentido, como si de pronto todo estuviera en su sitio, menos tú.
Encontré la cama entre el desastre de mi habitación y me dejé caer, como si llegara después de haber hecho algo importante, pero solo había salido a beber (como si eso fuera a servir de algo). Me tumbé boca arriba y me acordé de ti. Y me dolió. Me dolió porque no debería acordarme, porque no debería dolerme, porque no debería sonreír al ver tu cara. Porque recordarte suponía, acto seguido, acordarme de lo mucho que escocía aún cada parte de mí que dejaste herida, acordarme de que apenas te importó... Recordarte a ti supuso acordarme de mí hecha pedazos, intentando recomponerme, solo para que me volvieras a buscar. Minutos más tarde rompí a llorar, como hacía mucho que no, pero no tardé en volver a mi ser. Me sentí tonta y me convencí de lo evidente: solo estás triste, borracha y triste, a las casi tres de la mañana de un martes. No pasa nada. Ya no duele. Mañana no dolerá. Mañana ya no existirá, te lo prometo.
El problema está en que segundos antes de conciliar el sueño, las estrellas del techo empezaron a convertirse en negativos de fotografías, en recuerdos, en momentos. Pasaron por mi mente como si fuera una película en la que todo va bien, hasta que ya... no. Fue como volver a ti, como volver a sentir los nervios, la ilusión, las ganas. Sentí como si alguien le hubiera dado a rebobinar y  hubiéramos vuelto sobre nuestros propios pasos; recuperé la felicidad, los suspiros, los silencios, la confianza. Lógico, esa siempre fue la parte que me gustaba recordar, la parte que deseaba revivir, la parte que guardé conmigo. Pero ayer la borrachera trajo de vuelta mucho más: ayer lo malo también volvió. Lo enterrado empezó a oler a podrido, los recuerdos se clavaron en lugares estratégicos, los golpes se convirtieron en moratones, por dentro. Los celos, los gritos, los reproches. Las mentiras, las heridas, las continuas despedidas... Fue tan real que me dolió como si volviera a pasar, como si me volvieras a mentir, como si te volvieras a ir. Y hoy, cuando me he despertado, he entendido por qué se acabó todo.
Hoy, cuando me he despertado, he mirado a mi alrededor, y todo estaba en su sitio, incluso tú. Ayer por la noche me equivocaba, hoy todavía duele, hoy aún existes. Pero ya no estás. Y aunque me haya costado entenderlo, ahora sé que es mejor así. A las heridas hay que dejarlas cicatrizar.