Supongo que todo ha acabado, que hasta aquí llega lo que siempre consideré nuestro, que no damos más de sí. Creo que todo ha terminado, y aunque lo haya hecho de una manera totalmente distinta a como me habría gustado, es hora de aceptarlo. No me vas a oír decir que me arrepiento de haber ido directa contra el muro, ni de haberlo intentado tantas veces sabiendo que probablemente volvería a salir mal. No me vas a ver arrepentida por haber vuelto siempre a ti porque es lo que siempre quise, porque eras el veneno que conseguía combatir el dolor... Y espero que tú tampoco te arrepientas de haber tratado de arreglar todo esto en tantas ocasiones, porque me mentiría si dijera que me equivoqué, porque me engañaría si pensara que no debí confiar en ti, porque hubo un tiempo en que lo mejor de mis días se resumía en ti. Nunca quise quedarme con la duda, siempre quise ir un poco más allá, volver a probar, desafiar nuestros propios límites, tirar, y tirar, y tirar, para ver hasta dónde éramos capaces de llegar... Hasta que nos rompimos. No habría elegido otra manera, sé que de no haber sido así, no me habría dado por vencida.
Ahora, simplemente duele... Duele el hecho de haber convertido lo que fuimos en excusas, viejos reproches y rencor, no haber sabido parar a tiempo, cuando éramos conscientes de que íbamos cuesta abajo y sin frenos y lo único que nos importaba era la adrenalina del momento, compartirlo, disfrutarlo. Porque así éramos y así seguimos siendo, impulsivos, pasionales, repentinos. Tampoco lo cambiaría. Todo lo que queríamos era el nosotros y el ahora, no nos importaba el después, ni la gente, ni las consecuencias, ni los posibles problemas futuros. Y por eso te quiero y por eso te quise siempre, porque nos queríamos tan fuerte, tan intensamente, que cada vez que volvíamos parecía que habían pasado cinco años de sequía y que éramos agua...