lunes, 21 de agosto de 2017

3.44

Supongo que todo ha acabado, que hasta aquí llega lo que siempre consideré nuestro, que no damos más de sí. Creo que todo ha terminado, y aunque lo haya hecho de una manera totalmente distinta a como me habría gustado, es hora de aceptarlo. No me vas a oír decir que me arrepiento de haber ido directa contra el muro, ni de haberlo intentado tantas veces sabiendo que probablemente volvería a salir mal. No me vas a ver arrepentida por haber vuelto siempre a ti porque es lo que siempre quise, porque eras el veneno que conseguía combatir el dolor... Y espero que tú tampoco te arrepientas de haber tratado de arreglar todo esto en tantas ocasiones, porque me mentiría si dijera que me equivoqué, porque me engañaría si pensara que no debí confiar en ti, porque hubo un tiempo en que lo mejor de mis días se resumía en ti. Nunca quise quedarme con la duda, siempre quise ir un poco más allá, volver a probar, desafiar nuestros propios límites, tirar, y tirar, y tirar, para ver hasta dónde éramos capaces de llegar... Hasta que nos rompimos. No habría elegido otra manera, sé que de no haber sido así, no me habría dado por vencida.
Ahora, simplemente duele... Duele el hecho de haber convertido lo que fuimos en excusas, viejos reproches y rencor, no haber sabido parar a tiempo, cuando éramos conscientes de que íbamos cuesta abajo y sin frenos y lo único que nos importaba era la adrenalina del momento, compartirlo, disfrutarlo. Porque así éramos y así seguimos siendo, impulsivos, pasionales, repentinos. Tampoco lo cambiaría. Todo lo que queríamos era el nosotros y el ahora, no nos importaba el después, ni la gente, ni las consecuencias, ni los posibles problemas futuros. Y por eso te quiero y por eso te quise siempre, porque nos queríamos tan fuerte, tan intensamente, que cada vez que volvíamos parecía que habían pasado cinco años de sequía y que éramos agua...

¿Qué más quieres de mí?

No te guardo rencor, solo pienso que fuiste un cobarde.

En el momento en que las cosas se torcieron, tú decidiste renunciar. Así lo llamabas tú. Yo lo llamaría huir. Te inventaste un par de excusas, fingiste aquella mirada de dolor y soltaste alguna que otra lágrima. Después, cogiste tus cosas y te fuiste. Fue así de fácil, así de rápido. No esperaste una respuesta, ni te tomaste dos días de reflexión. No te paraste a pensar, y mucho menos a recordar nada de lo que en su día y hasta hacía bien poco nos unió. Sí, claro, lo entiendo, dolería demasiado, ¿verdad? Sería más duro mirarme a los ojos y actuar sabiendo que ellos te pedían a gritos que no te fueras. Pero nunca fui de suplicar. Me dejaste ahí tirada, con cien mil preguntas que hacerte, con los billetes de avión a Punta Cana en el bolsillo de atrás y las lágrimas al borde del abismo, a punto de desbordarse. Lo último que dijiste fue "espérame". Y te piraste.
Te esperé durante cuatro horas en el mismo puto banco donde me dejaste. Más tarde comprendí que quizá no te referías a eso, pero tampoco me importó.
Aquella noche no te eché de menos, y tampoco las cinco siguientes. Simplemente yo, te seguía esperando. Pensaba que algún día llamarían al timbre, respondería con voz de dormida y me despertaría de golpe al saber que eras tú, disculpándote por haber tardado demasiado. Me pasaba los días recordando y repasando mi vida a tu lado, visualizando nuestro principio, analizando el final, simplemente para entender cuál fue el motivo, dónde estuvo mi error, qué hice mal. Nunca sirvió de nada.
Un día llamaron al timbre y contesté con voz de dormida. No eras tú. Intenté conciliar el sueño de nuevo, pero era imposible apartar tu imagen de mi cabeza. Te imaginaba dormido a mi lado, te imaginaba enfadado, te imaginaba desayunando, te imaginaba llegando a casa... Y me cansé de imaginar. Me cansé de esperar, como bien hace todo el mundo. Si al menos durante aquellos meses hubiese encontrado un solo motivo para seguir para ti de por vida, me habría agarrado a él. Pero comprendí que las cosas no iban así, que no quería condenarme. Comprendí que la vida no se trata de esperar a que alguien vuelva, no se trata de esperar a que alguien nuevo llegue, no se trata de esperar, a secas. Pedirme que te esperara fue lo peor que pudiste hacer, porque te esperé. Y mientras yo pasaba los meses pensando en tu regreso, tú jamás pensaste en volver. La verdad, no me arrepiento de haberte esperado, realmente creía que volverías algún día. Pero tampoco me arrepiento de haber dejado de hacerlo. Te quería pero volví a quererme a mí por fin, y decidí dejar todo aquello atrás.

A día de hoy, si sonara el timbre y me despertara de golpe al saber que eres tú, te seguiría abriendo la puerta. Te invitaría a un café, te diría lo mucho que has crecido y te pediría que nunca nunca, volvieras a pedirle a nadie lo que me pediste a mí. Esperar siempre duele, y a veces, uno llega - o vuelve - demasiado tarde donde siempre quiso estar. Y no es culpa de nadie.

Ojalá ese no sea tu caso.