No te guardo rencor, solo pienso que fuiste un cobarde.
En el momento en que las cosas se torcieron, tú decidiste renunciar. Así lo llamabas tú. Yo lo llamaría huir. Te inventaste un par de excusas, fingiste aquella mirada de dolor y soltaste alguna que otra lágrima. Después, cogiste tus cosas y te fuiste. Fue así de fácil, así de rápido. No esperaste una respuesta, ni te tomaste dos días de reflexión. No te paraste a pensar, y mucho menos a recordar nada de lo que en su día y hasta hacía bien poco nos unió. Sí, claro, lo entiendo, dolería demasiado, ¿verdad? Sería más duro mirarme a los ojos y actuar sabiendo que ellos te pedían a gritos que no te fueras. Pero nunca fui de suplicar. Me dejaste ahí tirada, con cien mil preguntas que hacerte, con los billetes de avión a Punta Cana en el bolsillo de atrás y las lágrimas al borde del abismo, a punto de desbordarse. Lo último que dijiste fue "espérame". Y te piraste.
Te esperé durante cuatro horas en el mismo puto banco donde me dejaste. Más tarde comprendí que quizá no te referías a eso, pero tampoco me importó.
Aquella noche no te eché de menos, y tampoco las cinco siguientes. Simplemente yo, te seguía esperando. Pensaba que algún día llamarían al timbre, respondería con voz de dormida y me despertaría de golpe al saber que eras tú, disculpándote por haber tardado demasiado. Me pasaba los días recordando y repasando mi vida a tu lado, visualizando nuestro principio, analizando el final, simplemente para entender cuál fue el motivo, dónde estuvo mi error, qué hice mal. Nunca sirvió de nada.
Un día llamaron al timbre y contesté con voz de dormida. No eras tú. Intenté conciliar el sueño de nuevo, pero era imposible apartar tu imagen de mi cabeza. Te imaginaba dormido a mi lado, te imaginaba enfadado, te imaginaba desayunando, te imaginaba llegando a casa... Y me cansé de imaginar. Me cansé de esperar, como bien hace todo el mundo. Si al menos durante aquellos meses hubiese encontrado un solo motivo para seguir para ti de por vida, me habría agarrado a él. Pero comprendí que las cosas no iban así, que no quería condenarme. Comprendí que la vida no se trata de esperar a que alguien vuelva, no se trata de esperar a que alguien nuevo llegue, no se trata de esperar, a secas. Pedirme que te esperara fue lo peor que pudiste hacer, porque te esperé. Y mientras yo pasaba los meses pensando en tu regreso, tú jamás pensaste en volver. La verdad, no me arrepiento de haberte esperado, realmente creía que volverías algún día. Pero tampoco me arrepiento de haber dejado de hacerlo. Te quería pero volví a quererme a mí por fin, y decidí dejar todo aquello atrás.
A día de hoy, si sonara el timbre y me despertara de golpe al saber que eres tú, te seguiría abriendo la puerta. Te invitaría a un café, te diría lo mucho que has crecido y te pediría que nunca nunca, volvieras a pedirle a nadie lo que me pediste a mí. Esperar siempre duele, y a veces, uno llega - o vuelve - demasiado tarde donde siempre quiso estar. Y no es culpa de nadie.
Ojalá ese no sea tu caso.
No hay comentarios:
Publicar un comentario