No es una pérdida, es un paréntesis.
Una escala a mitad de viaje, un replantearse las cosas.
Es un grito desesperado que necesita hacerse oír,
salir y romper esas barreras.
No es tirar la toalla, es echarla a lavar.
Es darle al cuerpo lo que el cuerpo necesita.
Es romperse, agrietarse, destrozarse,
pero solo para coger aire.
Respirar. Sentarme y respirar.
Recomponerme tras haberme dejado caer.
Reconstruirme, haber soltado esa soga.
No es haberme dado por vencida, para nada.
Es haberme dado cuenta de lo importante y lo primero: yo.
Es haber decidido dedicarme a mí, cuidarme, volver.
Lo he decidido: voy a darme una oportunidad.
Espero que nunca seas como ese papel olvidado que encuentras al fondo de un baúl, arrugado y medio roto, con palabras que en su momento significaron algo importante.
jueves, 14 de diciembre de 2017
lunes, 11 de diciembre de 2017
Escucha: ya no me quedan palabras
Cerré los ojos y los apreté bien fuerte. Todo ha terminado, ya está, todo ha terminado. Fue tan duro como aceptar que tienes que abandonar el sitio donde creciste y creíste quedarte a vivir, tan duro como saber (o eso creías) que perteneces a un lugar y tener que huir de él porque, ¡sorpresa! éste ha sido ocupado por alguien más. Eras tú. Mi casa, mi hogar, mi sitio.
Pero ya... no. Abrí los ojos y vi que te habías convertido en esa tormenta de la que siempre creí que me protegías. Tampoco pasa nada. Uno a veces no lo elige, uno a veces no sabe hasta qué punto ha llegado a clavarse en una piel.
Fuiste lo mejor de mí, supongo que ese que conocí aún lo es. He crecido contigo. He imaginado un futuro donde siempre has estado tú, siempre. Me he dejado la voz intentando hacerte entender que no había explicación posible para todo lo que te he llegado a querer - y aún te quiero.
Puedo jurarte que nada nunca me ha dolido más. Tener que alejarme, tener que alejarnos. Tener que poner tierra de por medio y darnos por finalizados. Duele, claro que sí. Duele porque hubo un momento en que llegamos a sentir tanto que prometimos no llegar a esto jamás. Duele porque hubo un tiempo en que te miraba a los ojos y sin apenas palabras, sabía que todo lo que decías era sincero. Duele porque ambos sabemos que, al final del día, no habremos encontrado a nadie igual.
Quizá mejor, quizá distinto. Nunca alguien capaz de llenar ese vacío.
Ahora te miro y a veces, aún puedo verte. Aún puedo escuchar todo ese amor que tienes olvidado en un rincón, tratando de convencerme para que me quede un poco más. Pero tus palabras ya no lo acompañan, tus actos ya no le quieren escuchar. Está bien. No pasa nada. De verdad. Solo duele en cada parte de mi cuerpo de la que te hiciste dueño alguna vez. Solo duele todas las veces en las que juramos ser toda la vida.
Pero lo entiendo, de verdad. El tiempo sigue pasando, las cosas siguen cambiando, no sé. Quizá soy yo, que de tan real que nos consideré, me he agarrado a un clavo ardiendo. Quizá soy yo, que incluso cuando hacía tiempo que tú te habías ido, me empeñé en inventar 50 maneras distintas para quedarme, y otras tantas para convencerme de que aún seguías aquí.
Escucha: me voy.
Me voy porque tú ya no sabes ni quieres volver. Me voy porque ya no saben cómo decirme que estoy viviendo en ruinas. Me voy, y jamás podrás imaginar ni una cuarta parte de lo que me rompe tomar un camino en el que ya no me acompañes.
Pero en serio, me voy. No porque quiera. No porque deba. No porque ya no te crea, ni sepa quién eres ni dónde te has metido.
Me voy porque ya no sé cómo cojones hacer para quedarme.
A ver si va a ser verdad eso de que nada es para siempre...
Pero ya... no. Abrí los ojos y vi que te habías convertido en esa tormenta de la que siempre creí que me protegías. Tampoco pasa nada. Uno a veces no lo elige, uno a veces no sabe hasta qué punto ha llegado a clavarse en una piel.
Fuiste lo mejor de mí, supongo que ese que conocí aún lo es. He crecido contigo. He imaginado un futuro donde siempre has estado tú, siempre. Me he dejado la voz intentando hacerte entender que no había explicación posible para todo lo que te he llegado a querer - y aún te quiero.
Puedo jurarte que nada nunca me ha dolido más. Tener que alejarme, tener que alejarnos. Tener que poner tierra de por medio y darnos por finalizados. Duele, claro que sí. Duele porque hubo un momento en que llegamos a sentir tanto que prometimos no llegar a esto jamás. Duele porque hubo un tiempo en que te miraba a los ojos y sin apenas palabras, sabía que todo lo que decías era sincero. Duele porque ambos sabemos que, al final del día, no habremos encontrado a nadie igual.
Quizá mejor, quizá distinto. Nunca alguien capaz de llenar ese vacío.
Ahora te miro y a veces, aún puedo verte. Aún puedo escuchar todo ese amor que tienes olvidado en un rincón, tratando de convencerme para que me quede un poco más. Pero tus palabras ya no lo acompañan, tus actos ya no le quieren escuchar. Está bien. No pasa nada. De verdad. Solo duele en cada parte de mi cuerpo de la que te hiciste dueño alguna vez. Solo duele todas las veces en las que juramos ser toda la vida.
Pero lo entiendo, de verdad. El tiempo sigue pasando, las cosas siguen cambiando, no sé. Quizá soy yo, que de tan real que nos consideré, me he agarrado a un clavo ardiendo. Quizá soy yo, que incluso cuando hacía tiempo que tú te habías ido, me empeñé en inventar 50 maneras distintas para quedarme, y otras tantas para convencerme de que aún seguías aquí.
Escucha: me voy.
Me voy porque tú ya no sabes ni quieres volver. Me voy porque ya no saben cómo decirme que estoy viviendo en ruinas. Me voy, y jamás podrás imaginar ni una cuarta parte de lo que me rompe tomar un camino en el que ya no me acompañes.
Pero en serio, me voy. No porque quiera. No porque deba. No porque ya no te crea, ni sepa quién eres ni dónde te has metido.
Me voy porque ya no sé cómo cojones hacer para quedarme.
A ver si va a ser verdad eso de que nada es para siempre...
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)