jueves, 29 de septiembre de 2016

Esperar siempre duele...

Me encantaría poder contarte que me lo encontré esperando en mi portal. Me encantaría contarte que me miró y se me paró el corazón, que todo se me revolvió al verle ahí, como pidiéndome perdón a gritos. Que yo en cambio, pensé "¿perdón, tú, por qué? Si solo te fuiste porque no hacías más que darte contra la pared que yo misma había construido". Pero no, querida, no es el caso. No puedo contarte nada de eso porque nada de eso es verdad, porque nada pasó, al menos no en la vida real. Llegué y lo que me encontré fue vacío en el portal. Esperé al ascensor pensando que en realidad no pretendía que estuviera ahí cuando volviera a casa, pero me mentí. Mientras llegaba al quinto piso, me repetí todas las veces que pude que era tonta. No estaba y no iba a estar, no me volvería a esperar. Abrí la puerta de casa y recordé su aroma, la manera en la que se solía apoderar de mí. Me senté a cenar y pensé en las mil cosas que podría decirle si algún día se le ocurría aparecer. Qué idiota, pensaréis. La verdad es que sí. Qué otra imbécil se tropezaría con una piedra y volvería a ponerla en su camino aposta. Me gustaría poder contarte que me lo encontré esperando en mi portal pero aquella noche volví a dormir sola. No me importó, yo seguí construyendo mi discurso por si aparecía por la mañana con el sol... En mi cabeza le decía que jamás había querido a nadie así. Lo demás poco importa, eran solo tonterías que se dicen cuando uno está enamorado.
Así pasaron los días, uno tras otro, hasta que dejó de importarme que no estuviera. Ya no le pensaba. Ya no lo imaginaba aquí. Una noche volví a casa y al ver el portal vacío no pensé que alguien faltara. Simplemente vi el portal vacío, sin ausencia alguna. Olvidar también es triste. Dejar de sentir también es amargo. Ver cómo ese sentimiento que se te agarraba el pecho va soltando sus garras, va desvaneciéndose poco a poco... Entiendes que todo deja de doler, desaparezca, huya o se esconda, haga lo que haga, deja de hacer herida.
Quizá algún día recuerde el número de mi portal y el piso, quizá encuentre la manera de reavivar mi llama... Yo ya no espero que lo haga.

domingo, 18 de septiembre de 2016

mírame...

Dentro de un año no estaré aquí ni seré al cien por cien la que soy ahora. Habré aprendido y me habrán fallado, yo qué sé, pero nada será igual. De nada servirá intentar que todo vuelva a su ser porque todo habrá cambiado, y no tiene por qué ser malo. Simplemente será diferente. El noventa por ciento de este año vamos a pasarlo imaginando y preparando el año siguiente, sin darnos cuenta de que vamos poco a poco, perdiendo cada día, por un claro objetivo: no cagarla. No equivocarnos. No perder el tiempo. Por eso, no quiero dedicarle tiempo en estos precisos instantes. Quiero valorar el momento que vivimos, la gente que me rodea, la que me da la mano y la que no. el brillo en su mirada, las sonrisas que me sacan, los momentos en los que pienso lo bien que está todo a veces... Quiero, en unos años, ser consciente de esta época y no recordarla como un año fugaz y distorsionado, sino como un "click", como un año lleno de vida. Precisamente ahora es el momento idóneo para hacer grande cada detalle; sonreír por el calor de un abrazo, llorar de alegría ante una sorpresa y también poder sorprender, enfadarse para saborear lo bonito de la reconciliación, ponerse melancólica al hablar con alguien de la vida en general, enmarcar en la memoria una mirada, un sabor o un aroma... Lo importante está por dentro. Solo hay que aprender a mirar...