viernes, 26 de diciembre de 2014

En mi defensa alego que él me sonrió primero.

Supongo que cuando más sufres escribiendo a una persona, en el momento en el que más sientes, es el momento en el que te das cuenta de que es real. Nunca te escribí en todo ese tiempo, y la verdad es que no sentía esa necesidad, supongo que sería porque nunca dudé en decirte nada, porque siempre me diste la confianza como para despertarte con un te quiero a las cuatro de la mañana… Me refugié en esa excusa, mil veces me dije “qué voy a sentir si ni siquiera me ha salido escribirle nunca” sin saber que te escribía probablemente mucho más que a cualquier otro le había escrito jamás. Me engañé, me engañé como nunca lo había hecho, durante mucho tiempo… No sé cómo fui capaz. No tengo ni idea de cómo pude encerrar en un rincón tan incógnito de mi memoria las veces que  me sacaste una sonrisa, los escasos pero tan intensos días que pasamos en aquel banco al final de la calle, las noches que eternizábamos hasta las seis de la mañana, desde el primer día… Como para olvidarlo, chico. ¿Qué me dices del día que nos conocimos? Fue hace tanto ya… Ojalá pudiese volver, revivir la inocencia del principio, cuando todo se me hacía tan desconocido y solo quedaba descubrir, conocer. Recuerdo que era invierno y que llovía, que solo tú sonreíste. ¿Qué, de la primera vez que me hablaste? Seis de enero, tres y diez de la mañana. Y aún nos quedaban tres horas por delante, tres horas que pasaron en un abrir y cerrar de ojos. Empecé a adorar el hablar contigo nada más haber pasado quince minutos, porque era genial, porque no me cansaba… Nunca antes había entendido cómo alguien podía “quitarte el sueño” y bueno, fue entonces cuando descubrí lo que se sentía. ¿Qué pasa con la primera vez que estuvimos juntos después de saber lo que sentías? ¿Qué pasa con todo? ¿Con las veces que, después de discutir y creer que te había perdido, siempre volvías? ¿Qué me dices de cuando intentamos recuperar todo lo destrozado? Nada, no me dices nada y lo único que pasa es el tiempo, que cada vez pesa más. En tan poco tiempo vivimos cosas que nunca hubiese imaginado, por muy pequeñas que fueran, por muy poco que duraran… Que nunca lo entendí, o que quizá nunca quise hacerlo, pero se me hizo inevitable recordar al verte después de tanto tiempo, de tantas cosas… Y ahora lo entiendo todo, ahora entiendo la razón de mis ganas de verte, la de mi sonrisa inconsciente cada vez que me hablabas, cada vez que admitías volverte loco por mí… Ahora entiendo que te quería, que me encantaba verte sonreír y tus infinitas tonterías, ahora me doy cuenta de que aquel tiempo es algo que no podré recuperar y cuánto me gustaría, me doy cuenta de que todavía te quiero y que ojalá no fuese para tanto…

No hay comentarios:

Publicar un comentario