Al principio no lo asumes.
"Lo llevo bien".
Y realmente te lo crees.
"No es tan difícil seguir sin él".
Y realmente piensas que no vas a tener pesadillas por las noches.
Luego ya, cuando ya ha pasado una semana, y han pasado dos, y ves que no está y que te acuerdas a cada momento de cuando sí... Cuando bajas a la tierra y te das la hostia, vienen los recuerdos dispuestos a hacer herida, las palabras a cuchillo, los besos que ya no a robarte la respiración.
No está. Que no está. Que no está.
Y que ahora tampoco. Ni mañana.
Ni dentro de un mes. ¿Y sabes qué?
No va a volver a estar. Nunca. Más.
Cuesta asumirlo, hacerse a la idea. Quizá sea porque no quiero, porque no puedo ni quiero poder imaginarme una vida sin él. No quiero aceptar que ya no quiere verme en su futuro, que ya no me imagina, que ya no entro en sus planes, porque parece que nunca haya llegado a irse.
Por las noches, cuando apago la luz, me tapo con las sábanas hasta los ojos y me abrazo al oso que desde que se fue, duerme siempre conmigo, lo sigo imaginando aquí. El resto de las horas del día hago lo mismo. Lo imagino pensando en mí antes de salir, o al meterse en la ducha. Lo imagino con ganas de verme, de hablar conmigo, como si nada hubiera cambiado. El problema llega cuando el día se oscurece y me veo sola, derrotada y sin él, en la cama que un día ocupó conmigo. Y el mundo se me cae encima y todo se viene abajo y en ese momento no sé qué me duele más, si no haber sido suficiente, no haber sido capaz de hacer que se quedara, o seguir queriéndolo a mi lado a pesar de todo el daño...
Mientras a las dos de la mañana él duerme, yo lo sigo imaginando dormir. A él se le acabaron las ganas y a mí ya no me quedan fuerzas, cada día que pasa duelen más las heridas... Y hoy duelen aún más.
Qué voy a decirles a unos ojos que ya no me miran (porque se asustarían).
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