En
ese instante sentí cómo mi corazón se rompía en mil pedazos.
Segundos después, no sentí nada más. Me desperté en el hospital.
Lo supe porque a mi alrededor se respiraba un ambiente enfermizo,
quizá por el exceso de blanco que decoraba las paredes, por los
cables que me rodeaban por todas partes, o quizá por lo fuerte que
me abrazaron mis padres cuando abrí los ojos. Seguía sin saber qué
me había pasado, pero estuve unas horas en observación y me
llevaron a casa en seguida.
Me
pasé el día en la cama por orden del médico, pero gracias a Dios
mis amigas vinieron a hacerme una visita y me contaron cómo y por
qué terminé en aquella habitación de hospital, la 233. No hizo
falta más que decir su nombre para entenderlo todo... Raúl. Vi a
Raúl después de tanto tiempo, de la mano de otra chica, besándola
como si fuera el último día de su vida. Me contaron que el color de
la cara poco a poco me cambió, que me fallaron las piernas y me
desmayé, con la mala suerte de dar con una esquina y golpearme la
cabeza. Empecé a recordar poco a poco lo sucedido minutos antes de
haberme desvanecido. Recuerdo que lo vi de espaldas, reconocí esos
andares tan característicos y esa manera de tocarse el pelo tan
suya... Era inconfundible. Nunca hubiese pensado que un sentimiento
pudiese provocar tanto, siempre nos dicen que estos temas no tienen
mayor importancia... ¿Cómo hubiese podido imaginar que el querer a
Raúl con todas mis fuerzas podría hacerme perder realmente la
cabeza? Hacía tiempo que no lo veía, teniendo en cuenta la manera
en la que terminamos supongo que es normal que nos hubiésemos
evitado todo lo posible... Por muchos meses que hubiesen pasado, por
mucho que me hubiese molestado en enterrar ciertos sentimientos y
recuerdos, todo lo avanzado y construido se derrumbó cuando le vi
sonreír de la misma manera en la que solía hacerlo conmigo, todo lo
que creí haber superado cayó, tan débil como un castillo de
naipes... Nos quisimos, de eso no cabe duda. Nos quisimos como se
quieren aquellos que no van a volver a verse al día siguiente, pero
así todos los días. Ese fue nuestro error, querernos como si no
hubiera mañana cuando en realidad sí que lo había, hacernos los
tontos con los pequeños fallos que cometíamos, pensando que a la
larga no se iban a notar, y es que eso fue lo que nos pasó, que nos
quisimos tanto, pero nos quisimos tan mal que las cosas no pudieron
salirnos de otra manera... Poco a poco se alejó, y ni siquiera se
molestó en inventarse alguna excusa o en decirme alguna mentira,
para que al menos todo sonara un poco menos doloroso. Vivimos
demasiado juntos como para que me fuera indiferente, sentí tanto con
él por primera vez... Es la única persona por la que en su día
hubiese llegado a dar la vida. Ahora... Ahora él es quien me
revuelve el estómago, el que me nubla la vista, él es el hormigueo
que siento por las piernas. Es el cuchillo que siento que se me clava
por la espalda cada vez que pienso en la de días que no viviremos
jamás, y al mismo tiempo es la cura que me alivia el dolor cuando
recuerdo que hubo un tiempo en el que compartió sus días conmigo.
Quizá
no vuelva a verlo, quizá pase un tiempo hasta que me encuentre de
nuevo con él, o quizá mañana me lo cruce y me olvide hasta de
respirar... Algún día, no sé dentro de cuánto, lo veré por la
calle y habré aprendido a controlar mis piernas y mi respiración,
algún día volveré a verle y seré capaz de mirarle con cara de
indiferencia... Tengo asumido que no va a volver, que lo pasado ahí
se ha quedado, pero por muy interiorizado y asumido que tenga todo
esto, tengo que admitirlo... El día que desperté en el hospital
después del desmayo, a pesar de no recordar el motivo por el que
estaba allí, abrí los ojos buscando su mirada entre la claridad de
la habitación...
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