Llegué un ocho de agosto, sin muchas ganas, la verdad. Todo me parecía tan raro... "no habrá nada mejor que el verano anterior, y mucho menos ésto va a superarlo" pensaba... Sólo quería que esos quince días pasaran rápido, para volver a casa, para estar con mi gente. Y esos quince días que parecían tan eternos, empezaron a pasar, uno detrás de otro, y desde el segundo, empecé a disfrutarlos. No sé cómo, ni por qué, pero me sentía bien, feliz. Aquellos ojos azules no hacían más que provocarme sonrisas tontas, después de tanto tiempo, alguien hacía que me sintiera especial. Alguien que no tenía en cuenta de dónde venía ni todo lo que había podido llegar a pasar; alguien a quien sólo le importaba lo que era realmente. Era increíble la sensación de acostarse cada noche con su voz retumbando en mis oídos diciendo "buenas noches", y despertarse con una cabeza asomando desde la litera de arriba diciéndome "despierta, que no puedo volver a dormirme.. ah, buenos días". Eran pequeñas cosas que hacían que tuviese ganas de comerme el mundo, de sonreír hasta que las comisuras de los labios se agrietaran de tanto hacerlo. Tan capaces de conseguir en cuatro días lo que nadie había conseguido en meses, hacer que lo olvidara todo y me centrara en el mismo instante que vivía. Puedo aseguraros que no me habría cansado de contar la inmensidad de lunares que habitaban en su espalda, si me hubiera dejado.
La de corazones enormes que había en tan poco espacio. Cualquier sonrisa que podía encontrarme por allí, era sincera. Gente como la que conocí aquellos quince días es la gente que verdaderamente vale la pena, simplemente porque fueron ellos quienes hicieron que volviese a ver las cosas desde una perspectiva diferente, que la tirase por el váter la mierda que llevaba acumulando durante tiempo, y los que hicieron que me valorase como realmente tenía que hacerlo. "Te mereces algo mejor. ¿No estás cansada de que siempre sea lo mismo? Puede que sea hora de que tengas lo que te mereces y dejes atrás toda esta mierda. Vales la pena." Eso, acompañado de un buen abrazo y un largo rato con su brazo rodeándome. No me hacía falta nada más. Cosas tan sencillas como preocuparse por mí y hacerme reír, o acercarse y quedarse a mi lado.
Hubiese sido feliz quedándome allí con ellos. Con los que en dos semanas habían hecho de mí alguien mejor, y me quisieron sin importar nada más. Junto a ellos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario